Parte primera: de tormentas y relatos


                En la noche que lo conoció, la tormenta no amedrentaba. La vorágine de viento agua y luz no daba tregua, los aullidos del viento se entrelazaban con los estruendos y rugidos de los truenos. Y en la más profunda de las soledades, Pedro Seriaga contemplaba aquel espectáculo desde el ventanal  que daba a la avenida,   tan  ancha y concurrida,  que pocos eran los momentos en los que no circulaban peatones o vehículos.  Y sin embargo, aquella noche la soledad   y la penumbra - iluminada en ocasiones por los  relámpagos - era la principal protagonista.  Transcurría la séptima noche que encontraba a Pedro confinado en su departamento. Pocas cosas disfrutaba menos que la sórdida ausencia. Su trabajo, en casi todas las situaciones, lo obligaba a relacionarse con las personas y con frecuencia, no sólo con aquella parte superficial de estas, sino que se veía obligado a excavar en sus más auténticas y poco gratas realidades. Los destellos violentos que penetraban en su morada de la mano de los relámpagos nocturnos, dejaban entrever de a instantes, las condiciones en las que habitaba.  Ropa de toda índole, medias, camperas, remeras  y pantalones estaban distribuidos al azar por cada rincón. Limpios y sucios, sin ninguna lógica o criterio. Humo de tabaco que se tornaba visible cuando la luz penetraba en sus partículas, formando las más curiosas formas y siluetas en la parte más alta de las instalaciones. Pedro siempre consideró a las horas de la madrugada como aliadas. El momento de mayor intimidad e introspección  cuando, después de un día de automatización y rutina, podía dejar caer aquella parte de su personalidad para mostrarse más auténtico y reflexivo. Música clásica, una copa de vino y un libro casi siempre lo acompañaban en aquellas horas de la noche. Sin embargo, esa madrugada de tormenta inclaudicable  hizo que todo fuera diferente.
                 Al menos por dos razones aquella madrugada no encajaba con las cosas que Pedro solía hacer. La primera tenía que ver con los motivos de su confinamiento, aquellos que contaré más adelante ya que forman parte indispensable en la trama de esta historia. Y la segunda porque aquella tormenta,  puso en marcha el engranaje de  acontecimientos fortuitos que  permitieron que dos extraños se conozcan.  Debo contarles que Pedro siempre sintió aversión por las tormentas eléctricas. Le generaban rechazo y miedo por algunas cuestiones relacionadas con su niñez, sumada a experiencias poco agradables que experimentó en su vida adulta.  Y esta tormenta no fue la excepción, tan fuerte fue que los truenos hacían crujir los cristales y temblar las paredes. Frente a esto, Pedro diseñó un mecanismo el cual consistía en mirar fijamente por la ventana el desarrollo del fenómeno meteorológico. De esta forma, intentaba desesperadamente convencerse que era una simple tormenta, formaba parte de un orden natural de las cosas, y no podía permitirle que alimentara sus miedos y traumas. Estar en completa oscuridad, debajo de sus sabanas, dejaba abierta la puerta al pasado y a la imaginación que le producía angustia. Es por eso que creía, que enfrentando con la mirada y contemplando sin ambages lo que sucedía afuera, podía estar más tranquilo por dentro.  Sin embargo, a pesar de todas sus artimañas mentales para evitar esa parte temerosa que se escondía en su  interior , aquella noche parecía estar empeñada en cambiar la vida de Pedro Seriaga; y nada de lo que hubiera podido construir, creer o imaginar estaba a la altura de los acontecimientos que sucedieron a continuación.

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