Parte primera: de tormentas y relatos
En la noche que lo conoció, la tormenta no amedrentaba. La vorágine de viento agua y luz no daba tregua, los aullidos del viento se entrelazaban con los estruendos y rugidos de los truenos. Y en la más profunda de las soledades, Pedro Seriaga contemplaba aquel espectáculo desde el ventanal que daba a la avenida, tan ancha y concurrida, que pocos eran los momentos en los que no circulaban peatones o vehículos. Y sin embargo, aquella noche la soledad y la penumbra - iluminada en ocasiones por los relámpagos - era la principal protagonista. Transcurría la séptima noche que encontraba a Pedro confinado en su departamento. Pocas cosas disfrutaba menos que la sórdida ausencia. Su trabajo, en casi todas las situaciones, lo obligaba a relacionarse con las personas y con frecuencia, no sólo con aquella parte superficial de estas, sino que se veía obligado a excavar en sus más aut...